
Odio el domingo. Sobre todo el domingo por la tarde. Ya lo odiaba en la época de estudiante. Me remonto a hace ya, por desgracia muchos años, cuando por una cosa o por otra no llevabas aprendida la lección, preparado el examen o los deberes hechos para el lunes. Y si en alguna asignatura íbamos atavalaos era en matemáticas. No veáis la cantidad de ejercicios que teníamos que hacer. Y llegaba el lunes fatídico, hora de mates, se encargaba un compañero de ir citando nombres de cada uno de nosotros para que el cura nos preguntara. Nunca sentí más deseos de que la tierra se me tragara y a la vez de estrangularlo.
Estudié en Escolapios. En aquella época casi todos mis compañeros eran hijos de papá. Yo era sólamente hijo de padre y madre. No es que me sintiera desplazado, es que a veces ni me encontraba, rodeado de tanto progre. Mi madre nos hacía el bocata con pan de hogaza y no veáis como cantaba la hogaza delante de tanto bocadillito hecho por criada y de barrita fina.
Eran épocas de misa diaria, incluidos los domingos. El domingo en misa de 11,30 subía el padre Juan al púlpito y delante de todos los feligreses pasaba lista antes de comenzarla. Con tanto empacho de misa casi he llegado a aborrecerla. Me pierdo en ocasiones en las que no me puedo escaquear. Es como a ese niño al que obligaron a comer cada día ese puré de verduras y su madre nunca se veía satisfecha, al darle la última cucharada siempre devolvía todo lo engullido. Hoy háblale del puré de verduras.
Tengo muchos recuerdos de aquella época. Unos buenos y otros no tanto. Joer lo que ha cambiado la figura del maestro. Y así nos va.
Ahhh!!, y ahora como castigo por no ser un niño aplicado en su día, cada lunes a las nueve a la escuela....






