
No solamente cambiamos las personas, el paso del tiempo lo cambia todo, desde las grandes ciudades a ese pueblecito diminuto y perdido en lo más recóndito.
En Soria también se han producido cambios, en algunos aspectos se ha modernizado la ciudad, desde hace un año tenemos hasta líneas regulares de autobuses urbanos, en otros aspectos como en la conservación del casco antiguo también ha habido cambios pero negativos, ahora es una zona apática y destartalada.
Han evolucionado hasta los bares y las zonas de alterne. Aquí desde siempre se ha alternado mucho. Es en los bares donde nos encontramos, adulamos y criticamos, charlamos, mentimos, bebemos y nos protegemos de las inclemencias del tiempo, y es tanto lo que se visitan que las esquelas que anuncian a los que nos dejan además de en las puertas de las iglesias se colocaban también en los bares.
Recuerdo la tasca del Mandarria, que frecuentábamos los viernes por la tarde de bajada al merendero del Augusto, allí alquilábamos una barquichuela y remábamos contracorriente hasta los rápidos, más arriba de la fábrica de harinas, regresábamos con callos en las manos, recogíamos el carnet de identidad que habíamos dejado como prenda por si no devolvíamos la barca y, a la Alegría del Puente, creo recordar que era un bar regentado por el Pepe, allí podíamos deleitarnos mirando decenas de banderines de las peñas sanjuaneras, como algunos eran muy antiguos revivías sin querer andanzas de ligues impetuosos.
También nos perdíamos por el Tubo, merendábamos esas patatas bravas del Caribe, qué buenas, no las he comido tan apetitosas en mi vida, allí rodeado de barcos, piratas y bellas damas representadas en las paredes del local, enfrente la salmuerita que te ponía el Benja en el Brasil, ya en la plazoleta, nuestras raciones de sepia y champi, joer cómo manejaba la plancha el Rafa, y nuestras chácharas con el Angel el Alpargatero, en el Iruña, después se fue a la terraza del Orejas y ya no era lo mismo.
No me olvido de los ratos que pasaba sentado en el Argentino, mirando y pasando revista a la población desde sus amplias cristaleras. Ahora lo hago desde la Zeus.
Otros lugares que eran de obligada visita, el Ruiz, recuerdo que cuando ganaba el Atleti encendían una bombilla rojiblanca pintada a mano, y si lo hacía el Madrid una blanca. Allí había gresca futbolística hasta cuando estaban los camareros solos. Enfrente, en la misma calle Ferial, el Rangil, haciendo esquina, buenas jaranas estudiantiles, ¿Te acuerdas, Poche?.
Qué pena que todo sea ya recuerdo. Ah, y si queríamos unas cabecillas asadas, pues al Ventorrillo.
En la Plaza Herradores destacaba el Apolonia, lleno sobretodo los jueves con todos los que venían de los pueblos al mercado, por los boinas negras los conocíamos cariñosamente. Se repartían entre el Apolonia, el Regio y el Torcuato, a veces era tal el tapón qre se creaba con sus corrillos que no se podía ni pasar por el Collado, allí en plena calle se hablaba de cochinos, ovejas, corderillos y cabras, del precio del trigo, del nitrato y del abono, de a cuantas simientes había dado la última cosecha, en este tema siempre se mentían unos a otros, siempre había sido mala, aún cuando habían llenado a revosar sus graneros. Allí hacían también sus tratos acelerados por esos chatillos de vino peleón y cerrados siempre con un buen apretón de manos, por aquella época los notarios lo tenían crudo.
Pero si hablamos de vino, de vinillo peleón, al Lázaro, en pleno Collado, todavía está como entonces, lo único que cambia es que antes lo regentaba el padre y ahora lo regenta el hijo. Cuando voy suelo pedir un cariñena, no sé los grados que tiene pero pega, por eso se suele acompañar con unas pírricas banderillas de pepinillo con anchoa o ese jamón de mono, que no es otra cosa que una minibandeja con unos cuantos cacahueses, pero eso sí a precio de jamón serrano, a pesar de todo me gusta entrar, tiene su encanto.
Qué pena que hoy muchos sean ya recuerdo, han desaparecido y han sido sustituídos por otros locales con nombre pero anónimos, con camareros pero desatendidos, con mucha gente pero que a veces te hacen sentir solo.