
Leyendo una entrevista hecha a Xavier Gómez-Batiste, médico que se encarga de las unidades que ayudan a estar en paz al final de la vida, a uno se le queda el cuerpo de aquella manera. Comenta como nadie quiere ir a estas unidades, pero todo el mundo está muy contento de que haya alguien que se ocupe de cómo transcurrirán los últimos días, semanas o meses de su vida.
Su objetivo es que el enfermo pueda morir en paz. Y es que queramos o no, la muerte de cada uno comienza con la alegría de nuestro propio nacimiento. De nada nos sirve esconder ese sufrimiento, ya que nos causa más sufrimiento todavía.
Ocultamos la muerte. Pienso que cuando asistimos al entierro de alguien, todos estamos muy tristes, pero no sólo por la persona finada, sino porque dentro de ese ataúd nos vemos también a nosotros mismos, nos está recordando que tarde o temprano también pasaremos por ese trance, pero de máximos protagonistas.
Ya desde muy pequeños omitimos esta realidad, a los niños no les dejamos asistir a un funeral, y hoy en día, con lo enmascarado que tenemos el sufrimiento se les hace difícil comprender que alguien nos ha dejado para siempre.
Recuerdo como antes en los pueblos se estaba más familiarizado con el tema, veíamos como se moría los animales, yo todavía tengo en mi retina la muerte del caballo del tio Leopoldo de mi pueblo, y como, arrastrándolo lo llevaron a un cerro para que fuera festín de los buitres, de vez en cuando veíamos también ovejas, tiernos corderillos o perros. Y cuando llegaba la matanza, el cochino, que éste no se moría, lo matábamos para poder comer todo el año, y pobre si no le llegaba su San Martín, por cierto a mi me gustaba tirarle del rabo cuando lo tenían sobre el banco para sacrificarlo, su muerte era nuestra vida, era un día de fiesta que unía a la familia, allí todos ayudábamos.
No olvido, tampoco, el fallecimiento de alguno de mis abuelos, de compañeros, de otros niños, recordad que antes las familias tenían muchos hijos y rara era la que no perdía alguno de sus miembros muy jóvenes, era la sabía naturaleza la que siempre se encargaba de hacer su selección.
Como os decía estábamos familiarizados con ella, era algo rutinario.
Hoy conozco a gente que menosprecia incluso a aquellas personas que su trabajo tiene una relación directa con el tema. He visto como un enterrador tenía problemas para buscar compañero a la hora de echar la partidilla de guiñote en el bar Siglo XX, he oído como a alguien que trabajaba de ayudante de forense era “el funesto”, y así podría relataros más casos.
Os acordáis del luto, era un consuelo colectivo, cuando nos encontrábamos a alguien con una corbata negra, siempre le preguntábamos cuál era el motivo, y ese detalle le servía para que nos lo explicara y recibiera el pésame, compartía esa falta, y ese compartir para esa persona era necesario. A veces se llevaba durante años, ese color negro que te ponía la carne de gallina. Ahora el luto ha desaparecido, dicen los especialistas que no es bueno , que era un mecanismo que nos ayudaba a superar el mal trago. Ahora la muerte se escode. Tampoco soy partidario de que a veces con la muerte de una persona también moría la esposa o el esposo, de por vida. He leído que hay asociaciones que están intentando recuperar el luto, no nos extrañemos si inventan algún sistema, como un determinado pin.
Dicen los entendidos que es una parte de la vida, que es algo natural, que morimos, lógicamente, porque estamos vivos, y que la muerte es una enfermedad de trasmisión sexual.
A pesar de todo lo comentado espero que la muerte nos respete. Salud.