
Cada sábado se levantaba nervioso. Madrugaba. En casa ya no quedaba nadie. Todos estaban en la faena. A los pocos minutos ya salía corriendo por las calles llenas de piedras del pueblecillo donde vivía. Subia al alto del Robedillo y sentado en una gran piedra esperaba. Normalmente no tardaba mucho en llegar. Era blanca, no muy grande y siempre destacaba sobre ese cielo añil. La nube casi se posaba a su lado y Andrés subía a ella como cada sábado desde hacía ya muchos meses. Se estiraba y se dejaba mecer. Enseguida se encontraba a unos metros del suelo y comenzaban a balancearse movidos por una brisilla agracedida.
Le gustaba observar su pueblo desde la altura. Desde allí veía a su abuelo que venía acarreando con su macho Bayo la mies para llevarla a la era. Cerca del nido de la cigüeña estaba su padre segando cebada, imprimía a la hoz un movimiento enérgico que ayudado por la zoqueta que llevaba en la otra mano, iba cortando y haciendo gabillitas. De vez en cuando miraba hacía la iglesia esperando a que la sombra que proyectaba una de sus paredes llegara a un rincón, sería ya la una y por tanto la hora de ir a comer.
Miró ahora a la derecha y allí en lavadero distinguió entre otras mujeres a su madre, peleándose con una sábanas zurcidas junto a una cría que era su hermana.
Cada sábado volaba y volaba. Un día se dejó llevar hasta la ciudad. Desde lo alto percibía a la gente pululando de aquí para allá, parecía que todos tenían mucha prisa. El cielo a su alrededor ya no era tan azul, había una especie de calícula que no le gustaba nada.
Otra mañana se elevaron tan alto que llegó a saludar al
pastor de las estrellas.
Era feliz, el más feliz de la Tierra. Cuando acababa el viaje, la nube se acercaba de nuevo, casi rozando las alihagas y Andrés saltaba alegre al suelo. Le guiñaba el ojo como despedida y a esperar al sábado siguiente.
La semana se hizo muy larga y allí estaba de nuevo. Esperando y esperando. Su amiga la nube no vino. Se quedó triste, muy triste.
Y así un sábado y otro. Su amiga no apareció más.
Desde entonces Andrés no era el mismo, se sentía el niño más desgraciado del pueblo, le faltaba algo, le fataba su gran amiga. Cada día escrutaba el cielo, a veces le parecía verla allá en la lejanía, pero no era ella.
Una mañana cogió las pinturas y sobre un papel arrugado pintó la silueta de la nube, incluso le dio ese color tan difícil de definir, y cual fue su sorpresa que cuando alzando la vista al cielo, la encontró, allí estaba, en lo alto, quieta, mirándole, pensó que hasta le sonreía. Se dio cuenta entonces, que cuando deseas una cosa con toda la fuerza de tu corazón a veces hasta lo puedes conseguir.
Le guiñó un ojo, le devolvió la sonrisa y corrió y corrió hasta lo más alto del Robedillo.