
Creo que me dijo que se llamaba Máximo. Lo encontré sentado en un banco de madera, blanco, ya casi descolorido por el sol, sus patas no se asentaban bien y al movernos para cambiar de posición, bailaba.
Bastó un Hola! para entablar conversación. Máximo es un hombre pequeño, bajito, enjuto, lo que más me llamó la atención fueron sus ojos, pequeños, pillines que delataban que tras ese cuerpo, ya castigado por los años, antes hubo una persona afable y dicharachera. Se ayuda para caminar de un bastón, también pequeño como él.
Cuando llegué estaba mirando unas macetas perfectamente alineadas, colocadas sobre una pared empedrada. Destacaban el rojo de los geranios y un violeta fuerte de otra planta de la que ignoro su nombre.
Máximo lleva ya bastantes años en esta residencia de ancianos, por no recordar ya ni sabe los años que tiene, - tengo que tener muchos, por lo menos ochenta y dos, aunque ya no sé ni dónde mirarlo, ya no me acuerdo ni dónde he guardado mi carnet, - comenta.
Según entramos en conversación, voy notando que necesitaba hablar con alguien, me va relatando sus cosas, sus chascarrillos. Me habla de Matamala, su pueblo, me dice que vivía solo y que alguien, tampoco recuerda quién, debió de avisar para pedir que lo trajeran aquí.
- No sé porqué, si yo en mi casa estaba tan bien.
Me habla de su juventud, de algo que le pasó hace muchos años y que hizo que su pierna derecha esté siempre recta, derecha, y nunca mejor dicho.
A veces me explica que estuvo casado con una extranjera, otras veces que no.
Me fijo detenidamente en su jersey de lana, hacía bastante calor pero llevaba su jersecillo de color verde, algo ya descolorido y salpicado de pequeños quematones producidos por esa ceniza que imaginé caía de su cigarrillo sin estar apagada del todo.
- ¿Fuma?.
- Me gusta mucho fumar. Yo con un cigarrillo en los labios soy la persona más feliz del mundo.
- Pero el tabaco no es nada bueno, - le replico.
- Y para que quiero yo vivir más, ya no sé lo que hago aquí - me respondió.
Me quedé pensativo, mirándole de soslayo. Continuó diciéndome que antes eran mejores, que te los ponías entre los labios y que si no chupabas, no se consumían, ahora, se gastan solos.
Me habló de sus marcas preferidas, recordó aquel Cuarterón que había que liar a mano, y unos cigarros te quedaban estrechitos y otros demasiado panzudos, dependía del día que tenías.
También me explicó que antes venían sus sobrinos a visitarle y le traían algún paquetillo, pero que ahora como hace mucho que no vienen, lleva ya meses sin fumar, cuanto daría yo por echar un pitillo, - me decía.
Me levanté, me acerqué al coche y del bolso de mi mujer- mi mujer aunque muy poco, fuma- cogí su cajetilla de rubio ya empezado y su mechero y se lo ofrecí.
No podéis imaginar con que brillo me miraron esos ojillos. No recuerdo si me dio las gracias, pero con esa mirada ya fue suficiente. Estaba todo dicho.
Con un ansia que no supo disimular abrió el paquete y se llevó el cigarrillo a los labios, el mechero no quería encender, quizás para darle todavía más solemnidad al instante.
Llevaba razón, los cigarros de ahora se consumen muy rápidos. No se lo apartó de los labios en todo el rato, la ceniza , como había sospechado en un principio, iba cayendo a su jersey y a sus pantalones. Cuando lo acabó, continuó con la colilla entre sus labios, al menos hasta que tuve que marchar.
No habría dado cuatro o cinco pasos y al girarme vi que ya se estaba encendiendo otro con el maldito mechero.
Me di cuenta de lo poco que cuesta hacer feliz a la gente, por eso ahora, cuando voy a la residencia de ancianos- que lo tengo que hacer a menudo- aparto tres euros en el bolsillo derecho de mi pantalón.
Cuando me ve, Máximo se acerca a saludarme, le doy los tres eurillos y poco a poco con su pierna galana y su bastón, comienza a recorrer ese kilómetro que tiene hasta el Royo, el pueblo que está al lado, a comprar su tabaco.
Se lo podría traer yo, pero prefiero contrarrestar lo nocivo del tabaco con lo saludable del que vaya a comprarlo.