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jueves, 21 de febrero de 2008

Por una mirada....


Cada día se levanta a la misma hora. Ya es rutina. Su reloj biológico se encarga cada día de despertarla, no perdona ni lo fines de semana. La rutina se ha convertido en un hábito. Una visita rápida a la ducha y al espejo, después un desayuno expres, de pie, con prisas. Omitía incluso ese obligado beso matinal a su marido que se acaba de levantar.
Sale de casa. Su medio de transporte es el metro. Son muchas estaciones hasta llegar a su trabajo. Está acostumbrada.
Hace ya muchos días, muchos meses que las mañanas son distintas.
Fue una mañana de tantas. En el transcurso del viaje entró un hombre. Cada mañana entraban muchas personas al vagón, pero también entraba ese hombre, madurillo pero muy interesante, siempre con su cartera en la mano.
Ya el primer día se fijó en él, hubo un cruce de miradas y notó como las endorfinas, serotininas y felitelaminas se incenciaron a través de su mirada.
Cada mañana sucedía lo mismo, yo te miro, tú me miras y los dos nos miramos. Al cruzarse la vista, ésta se perdía como dos polos del mismo signo. Después eran miradillas de rehojo.
Había días que él al llegar el metro y ver que no estaba ella, esperaba el siguiente tren, pero ella no lo sabía. Otros se sentaba a su lado, ese día no se miraban, pero era un no sé qué lo que se desencadenaba en sus cuerpos que el viaje se les hacía más corto de lo normal. A veces deseaba que no terminara en toda la mañana.
Si algún día no se veían, aquello se hacía eterno y el día siempre se hacía cuesta arriba.
Y así iban pasado los dias, mañana a mañana.
Hasta su marido en alguna ocasión le había recriminado esa alegría el domingo por la noche, como si la llegada del lunes le diera vida, ese lunes que a su marido tanto le costaba arrancar.
Ella sabía que le hacía sentirse más joven, más atractiva y de otra forma. Lo curioso del tema es que nunca se habían saludado, ni siquira ese buenos días de rigor. Quizá si se lo hubieran dicho se hubiera roto esa química existente entre ellos.
Los días que no coincidían, que no eran muchos, ella, desde su interior recitaba y recitaba esos versos de Gustavo Adolfo Bécquer que aprendió en la escuela:

Por una mirada, un mundo;
por una sonrisa, un cielo;
por un beso... yo no sé
qué te diera por un beso.