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viernes, 8 de febrero de 2008

La tierra prometida


Vivía en una aldea de tantas que se encuentran diseminadas por la cordillera andina. Muy lejos de la ciudad. Sus abuelos, ya mayores eran los encargados de su precaria formación.
Su madre hacía ya dos años que había emigrado a España, a la tierra prometida. Una tía suya fue la culpable. Allá hay mucho trabajo, con lo que ganas en un mes puedes vivir aquí un año y no te lo gastas- le comentaba.
A los pocos meses fue su padre el que dio el salto. Ahora le tocaba a él. En la última carta, después de recoger y guardar unos billetes muy bien doblados leyó: Vendrás con nosotros dentro de veinte días, después de que el curso haya acabado. En Perú el curso escolar acaba en Enero.

Ya llevaba tres noches sin poder dormir bien. La incertidumbre lo mantenía fuera de sí, con una ansiedad constante.
Se aproximaba la fecha. Su estomago protestaba. Los nervios no le dejaban vivir.
Se despidió sin más de sus abuelos y montó en un autobús desvencijado que después de cuatro horas lo dejó en la gran ciudad. A cada momento se palpaba el bolsillo derecho del pantalón donde se había guardado algo de dinero y un billete de avión. No había viajado nunca en avión. Ni se imaginaba como un artilugio tan grande y pesado era capaz de elevarse por encima de las nubes. Él los había visto pasar por encima de su aldea dejando una reguero blanco que con el tiempo se difuminaba en el cielo.

Llegó a Barcelona. Allí estaban sus padres esperándolo. Al verlo ríos de lágrimas corrieron por sus mejillas. El abrazo fue eterno.
Una vez en ese piso compartido con otras personas comenzó a añorar su bonita y solitaria aldea. Sólo había visto muchos coches, unos enormes edificios y mucha gente. Amargados y serios como si tuvieran una inmensidad de problemas. Y para colmo, tenía que hacer cola hasta para ir al lavabo.
Su madre sólo trabajaba trece horas diarias cuidando de un señor anciano. Casi no la veía. Su padre había trabajado, levantando un gran rascacielos. Pero ahora estaba sin trabajo. Y sin paro. Era un sin papeles. Ahora como no trabajaba, bebía. Y como bebía, gastaba casi todo lo que ganaba su mujer.
La atmósfera en la familia se estaba volviendo casi irrespirable. Cada día deseaba con todas sus fuerzas quedarse más horas en la escuela a pesar de que no entendía ni a los profes ni a los compañeros. En la escuela de Barcelona se habla sin la eñe. En la escuela de Cataluña se habla y se enseña en catalán.
Y pasó lo que tenía que pasar. Una noche, después de un día muy largo llegó su padre borracho. Muy borracho. Su madre lloraba impotente.
No hay derecho- le recriminaba.
Fue de repente. Se oyó un fuerte golpe y los sollozos desaparecieron.
Él desde el fondo de la habitación y con los puños apretados maldecía una y otra vez a esta tierra de acogida que tantos problemas le estaba creando. La tierra prometida.