
Hoy os voy a confesar mi secreto, pero por favor, no lo comentéis con nadie. Por una serie de circunstancias que no vienen al caso en mis horas libres ejerzo de ángel. Sí, habéis leído bien, un angelote de esos que los tristes mortales, aún sin saberlo, tenéis a vuestro lado para protegeros.
La tarea, como podéis imaginar, es complicada, y más sabiendo que no siempre custodio a la misma persona, soy como un interino pero en el mundo celestial.
Cada noche, encuentro en mi bolsillo derecho de la chaqueta un papel bien dobladito y con un olor muy especial, allí hay escrito el nombre del feliz afortunado, de esa persona con la que compartiré esas horas en las que seré su guardián.
Es un trabajo muy complicado, hay días que preferiría ser un Serafín y con mis tres alas volar y volar por los lugares más recónditos de ese cielo transparente, sin demasiadas preocupaciones. Pero no, soy un simple ángel de la guarda, el currante de toda esa jerarquia divina.
Tengo mis trucos, la otra noche no tuve demasiada suerte con la persona a la que tenía que cuidar, era una joven impulsiva, que en cuanto me descuidaba se me descarriaba, hasta que me acerqué a ella, y muy tiernamente la besé en la mejilla. Sus ojos comenzaron a brillar de otra manera, se tomó la última copa y dio la fiesta por acabada.
Peor fue el de la semana pasada, era calvo, fuerte, tatuado, rico, exigente y caprichoso, hasta tal punto que nadie de mis compañeros quiso hacerse cargo de él. Sólo su presencia transmitía intranquilidad. No se le ocurrió otra idea que la de visitar un lupanar. Intenté persuadirlo, no hubo manera. Antes de que pudiera pecar, algo insólito sucedió, todas aquellas chicas dejaron de sonreírle, ni la más necesitada se fijó en él, desde detrás de la roja cortina me di cuenta de que a veces para salvar a uno te tienes que convertir en guía de las demás.
Si en algún momento crees que me necesitas, cierra los ojos, y muy profundamente piensa en mí, esa noche no desdoblaré ese papelito y estaré contigo, cuando llegue te daré un pellizquito. No hará falta que me digas nada. Por la mañana seguro que encontrarás una plumita en el suelo.
viernes, 19 de febrero de 2010
Mi secreto
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Javier
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domingo, 17 de mayo de 2009
Amigos

Me sobran los dedos de las manos para contar mis amigos. Sí, he dicho amigos, no personas con las que tienes un determinado trato. Y es que eso de la amistad no es quedar con alguien periódicamente para tomar unas cervezas en la Plaza Herradores, va mucho más allá. Es ese afecto que compartimos. La amistad la debemos cultivar, si no puede pasar como lo que nos ha sucedido a los que aparecemos en la fotillo inicial, que tuvimos nuestro entente, pero el paso del tiempo enfrió esa relación de amistad que fue bonita mientras duró.
La verdadera amistad nos hace compartir todo aquello que llevamos dentro y en todo momento, no sólo en los momentos alegres y joviales. A veces conlleva esfuerzo y dedicación. A veces decepción. Sobrevaloramos a ese amigo, no queriendo ver ni sus propios defectos y después vienen los problemas. Somos capaces de darlo todo, sin escatimar esfuerzos y en muchas ocasiones no encontramos nada a cambio. Nos responden de una manera que no esperábamos y el egoismo hace acto de presencia.
Trato incluso de no ser amigo ni de mis hijos. En el momento que los tienes que reprender, educar, enseñar, corregir, abroncar y poner los puntos sobre las íes, no se puede ser amigo de ellos. Y eso no quiere decir que no los quieras, los adoras pero a la vez les exiges, te preocupas por ellos en todo momento, sus problemas son mis problemas, sus preocupaciones me quitan el sueño, sus logros son mis logros, pero no quiero ser su amigo. Ser su amigo implicaría no ver la realidad. Ser su amigo me haría observar sus actitudes de manera distinta, subjetiva. Perdería esa libertad que tengo a la hora de tratar de ser yo mismo y no sería feliz. Sería víctima de mis propias emociones y esclavo de sus propias actuaciones. Mis hijos no dejarían de ser unos egoistas más.
Me replanteo una ficticia situación en época de crisis, si necesitara pedir una cantidad determinada de dinero para una necesidad acuciante, ¿con cuánta gente podría contar?. Plantearos vosotros este mismo interrogante y tratar de darle respuesta. Ya me contaréis.
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Javier
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sábado, 18 de octubre de 2008
Mi gran amiga

Cada sábado se levantaba nervioso. Madrugaba. En casa ya no quedaba nadie. Todos estaban en la faena. A los pocos minutos ya salía corriendo por las calles llenas de piedras del pueblecillo donde vivía. Subia al alto del Robedillo y sentado en una gran piedra esperaba. Normalmente no tardaba mucho en llegar. Era blanca, no muy grande y siempre destacaba sobre ese cielo añil. La nube casi se posaba a su lado y Andrés subía a ella como cada sábado desde hacía ya muchos meses. Se estiraba y se dejaba mecer. Enseguida se encontraba a unos metros del suelo y comenzaban a balancearse movidos por una brisilla agracedida.
Le gustaba observar su pueblo desde la altura. Desde allí veía a su abuelo que venía acarreando con su macho Bayo la mies para llevarla a la era. Cerca del nido de la cigüeña estaba su padre segando cebada, imprimía a la hoz un movimiento enérgico que ayudado por la zoqueta que llevaba en la otra mano, iba cortando y haciendo gabillitas. De vez en cuando miraba hacía la iglesia esperando a que la sombra que proyectaba una de sus paredes llegara a un rincón, sería ya la una y por tanto la hora de ir a comer.
Miró ahora a la derecha y allí en lavadero distinguió entre otras mujeres a su madre, peleándose con una sábanas zurcidas junto a una cría que era su hermana.
Cada sábado volaba y volaba. Un día se dejó llevar hasta la ciudad. Desde lo alto percibía a la gente pululando de aquí para allá, parecía que todos tenían mucha prisa. El cielo a su alrededor ya no era tan azul, había una especie de calícula que no le gustaba nada.
Otra mañana se elevaron tan alto que llegó a saludar al pastor de las estrellas.
Era feliz, el más feliz de la Tierra. Cuando acababa el viaje, la nube se acercaba de nuevo, casi rozando las alihagas y Andrés saltaba alegre al suelo. Le guiñaba el ojo como despedida y a esperar al sábado siguiente.
La semana se hizo muy larga y allí estaba de nuevo. Esperando y esperando. Su amiga la nube no vino. Se quedó triste, muy triste.
Y así un sábado y otro. Su amiga no apareció más.
Desde entonces Andrés no era el mismo, se sentía el niño más desgraciado del pueblo, le faltaba algo, le fataba su gran amiga. Cada día escrutaba el cielo, a veces le parecía verla allá en la lejanía, pero no era ella.
Una mañana cogió las pinturas y sobre un papel arrugado pintó la silueta de la nube, incluso le dio ese color tan difícil de definir, y cual fue su sorpresa que cuando alzando la vista al cielo, la encontró, allí estaba, en lo alto, quieta, mirándole, pensó que hasta le sonreía. Se dio cuenta entonces, que cuando deseas una cosa con toda la fuerza de tu corazón a veces hasta lo puedes conseguir.
Le guiñó un ojo, le devolvió la sonrisa y corrió y corrió hasta lo más alto del Robedillo.
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Javier
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sábado, octubre 18, 2008
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