martes, 11 de diciembre de 2007

Rogelio


Aquella noche hacía mucho frío. Diciembre es un mes en el que las temperaturas altas están de baja. El viento zurría por todos los rincones amontonando las hojas caídas de los árboles. Rogelio tiritaba. Los cartones que lo cubrían dejaban partes de su cuerpo a la interperie. El lugar no era el más apacible. Era un rinconcito poco transitado, allá debajo de unos porches. Antes había tenido otros hogares. De aquel cajero automático lo echaron hace ya muchos meses. Después estuvo en un rinconcillo, al lado de una persiana que cerraba a cal y canto un local en el que de día se trabajaba. Aquél no era mal sitio. Estaba guarnecido, hasta que llegó una noche y lo encontró todo lleno de Zotal. A cambiar de casa tocan. Y la había encontrado, no era la mejor, pero estaba a cubierto.
La mente se le nublaba cada noche. El vinillo peleón continuaba haciendo sus estragos. Él lo notaba, pero qué mas le daba. De algo hay que morir -se decía cada día-.
Todavía recordaba sus mejores años, aunque cada vez con más dificultad. Eran tiempos mejores. Iba y venía cada día a su trabajo. Su mujer y sus dos hijos le esperaban cada tarde. Formaba parte de una familia de tantas. No era ninguna familia del otro jueves pero llegaban a fin de mes. Hasta que llegó el día... . Fue hace bastantes años. Un día al llegar de la faena, cansado, se encontró con que todo había cambiado. Su mujer, su parienta, estaba sobre la alfombra, tumbada, sin sentido, sin aliento, sin respiración, sin vida.
Desde entonces todo cambió, su mente se oscureció. No sabía porqué, pero se le olvidó el camino que le llevaba a aquella monótona fábrica. Se olvidó de sus dos hijos y se olvidó de sí mismo.
Ha pasado mucho tiempo. Hace tres oscuras y gélidas noches que un guardia urbano se acercó a su improvisado catre, oiga - le dijo- suba al coche, hace una noche de perros, le llevaremos a un lugar donde podrá pasar estas noches tan cruentas. Rogelio no respondió, pensó en sí mismo, en esa libertad que le mataba, en ese no depender nada más que de un cubo de basura o de unas pocas monedas que una abuela caritativa le daba cada vez que lo veía. No tenía para mucho, sólo para un bocadillo diario y unos cartones de Don Simón.
Pero esta noche hacía mucho frío. Y Rogelio ya no quiso tiritar. Su mente se dejó llevar por el infinito. Pasaron las horas y el orto hizo timidamente su presencia. Transitaron a su lado varias personas, incluso dos señoras paseando a sus perritos que comentaban que no podían entender como había gente que no sentía cariño por los animales- no son personas ni son nada nada- comentaban. Una de ellas tuvo que darle un tirón a la correa de su perro para que el animal no se meara en la pernera del pantalón de Rogelio; ya había levantado su patita.
A eso del medio día alguien trató de despertarlo dándole una patadita en la pierna. Rogelio no quiso ya moverse. No se esforzó en conestarle. Estaba muerto.

2 comentarios:

El Tuno Negro dijo...

Buen escrito... de los mejores que te he leido.

Imagínate si me ha gustado que me he decidido a escribir algo yo también. Aquí lo dejo, haber si gusta.



Historia de un hombre y una mujer.

Gritaba constante,
le miraba sin querer,
ya no le tocaba,
dormía al revés.

El hombre aguantaba,
pidiéndola renacer,
a lo que la mujer contestaba,
no me pasa nada; estoy bien.

El amor se acababa,
todo caía de pie,
la mujer se planteaba
la vida sin él.

Su hombre, el de siempre,
dispuesto a perder,
un día enfadado,
juro desvencer.

Erguido cogió la puerta
prometiendo nunca jamás volver.

Él, Antes re-querido
y al que ahora pensaba no querer,
se había marchado,
dejándola sola y libre
como ella pretender.


Pasaron los días…


La luz iluminaba parte de la escalera,
comenzaba a amanecer,
tumbada en su cama, sin ganas de nada,
se encontraba la mujer, despeinada y sola,
clamando placer, cariño, un abrazo…
lloraba otra vez…

Arrepentida, como un bebé,
le llamó y llamó y llamó,
horas, días, meses, años
solo llamadas perdidas pa’ él.

Ya mucho daño había hecho
ya no quedaba más por hacer,
las oportunidades se cogen
no se dejan fallecer.

El hombre la quiso por siempre
la mujer también,
ya no volvieron a encontrarse
no se volvieron a ver.

Sin saberlo,
ninguno rehizo su vida,
se quisieron demasiado
para poder volver a querer.


El Tuno Negro.

Javier dijo...

Joer tio,
viva la inspiración. Bien chaval, bien.