domingo, 1 de febrero de 2009

Bares


No solamente cambiamos las personas, el paso del tiempo lo cambia todo, desde las grandes ciudades a ese pueblecito diminuto y perdido en lo más recóndito.
En Soria también se han producido cambios, en algunos aspectos se ha modernizado la ciudad, desde hace un año tenemos hasta líneas regulares de autobuses urbanos, en otros aspectos como en la conservación del casco antiguo también ha habido cambios pero negativos, ahora es una zona apática y destartalada.

Han evolucionado hasta los bares y las zonas de alterne. Aquí desde siempre se ha alternado mucho. Es en los bares donde nos encontramos, adulamos y criticamos, charlamos, mentimos, bebemos y nos protegemos de las inclemencias del tiempo, y es tanto lo que se visitan que las esquelas que anuncian a los que nos dejan además de en las puertas de las iglesias se colocaban también en los bares.

Recuerdo la tasca del Mandarria, que frecuentábamos los viernes por la tarde de bajada al merendero del Augusto, allí alquilábamos una barquichuela y remábamos contracorriente hasta los rápidos, más arriba de la fábrica de harinas, regresábamos con callos en las manos, recogíamos el carnet de identidad que habíamos dejado como prenda por si no devolvíamos la barca y, a la Alegría del Puente, creo recordar que era un bar regentado por el Pepe, allí podíamos deleitarnos mirando decenas de banderines de las peñas sanjuaneras, como algunos eran muy antiguos revivías sin querer andanzas de ligues impetuosos.

También nos perdíamos por el Tubo, merendábamos esas patatas bravas del Caribe, qué buenas, no las he comido tan apetitosas en mi vida, allí rodeado de barcos, piratas y bellas damas representadas en las paredes del local, enfrente la salmuerita que te ponía el Benja en el Brasil, ya en la plazoleta, nuestras raciones de sepia y champi, joer cómo manejaba la plancha el Rafa, y nuestras chácharas con el Angel el Alpargatero, en el Iruña, después se fue a la terraza del Orejas y ya no era lo mismo.
No me olvido de los ratos que pasaba sentado en el Argentino, mirando y pasando revista a la población desde sus amplias cristaleras. Ahora lo hago desde la Zeus.

Otros lugares que eran de obligada visita, el Ruiz, recuerdo que cuando ganaba el Atleti encendían una bombilla rojiblanca pintada a mano, y si lo hacía el Madrid una blanca. Allí había gresca futbolística hasta cuando estaban los camareros solos. Enfrente, en la misma calle Ferial, el Rangil, haciendo esquina, buenas jaranas estudiantiles, ¿Te acuerdas, Poche?.

Qué pena que todo sea ya recuerdo. Ah, y si queríamos unas cabecillas asadas, pues al Ventorrillo.

En la Plaza Herradores destacaba el Apolonia, lleno sobretodo los jueves con todos los que venían de los pueblos al mercado, por los boinas negras los conocíamos cariñosamente. Se repartían entre el Apolonia, el Regio y el Torcuato, a veces era tal el tapón qre se creaba con sus corrillos que no se podía ni pasar por el Collado, allí en plena calle se hablaba de cochinos, ovejas, corderillos y cabras, del precio del trigo, del nitrato y del abono, de a cuantas simientes había dado la última cosecha, en este tema siempre se mentían unos a otros, siempre había sido mala, aún cuando habían llenado a revosar sus graneros. Allí hacían también sus tratos acelerados por esos chatillos de vino peleón y cerrados siempre con un buen apretón de manos, por aquella época los notarios lo tenían crudo.

Pero si hablamos de vino, de vinillo peleón, al Lázaro, en pleno Collado, todavía está como entonces, lo único que cambia es que antes lo regentaba el padre y ahora lo regenta el hijo. Cuando voy suelo pedir un cariñena, no sé los grados que tiene pero pega, por eso se suele acompañar con unas pírricas banderillas de pepinillo con anchoa o ese jamón de mono, que no es otra cosa que una minibandeja con unos cuantos cacahueses, pero eso sí a precio de jamón serrano, a pesar de todo me gusta entrar, tiene su encanto.

Qué pena que hoy muchos sean ya recuerdo, han desaparecido y han sido sustituídos por otros locales con nombre pero anónimos, con camareros pero desatendidos, con mucha gente pero que a veces te hacen sentir solo.

8 comentarios:

Fugaz dijo...

Suele pasar que el tiempo además de cambiarnos a quienes conocemos, también nos trae rostros desconocidos, sin nombre y que por mucho que repitamos la visita acaban siendo anónimos e indiferentes. La "modernidad" que llega a los lugares, les hace tal vez más al día de hoy, pero nos vuelve almas blancas, transparentes y sin propiedad.

A veces me gusta pensar en aquellas cosas que tuve en mi infancia, y me doy cuenta de cómo lo hago acompañada siempre por la imagen de alguien que estaba ahí, ya fuera en la tienda de ultramarinos, en el pequeño super al lado de casa, en el bar de la esquina... Las cosas cambian, pero, las que nos dejaron su huella no cambiarán nunca.

Por cierto que el recorrido que nos has regalado hoy, es una maravilla. Ya me gustaría a mí haberlo podido hacer.

Un beso!!

Anónimo dijo...

A pesar de los años,lo describes como si lo estuvieras viviendo cada día, con todo tipo de detalles.
Sí,es cierto,que hemos pasado de ser "fulanito de tal" a personas anónimas.
Una maravillosa historia de recuerdos.

Un beso!!

ESTRELLA FUGAZ



¨f

Ligia dijo...

A mí me pasa igual, Javier, de vez en cuando me entra la morriña por los lugares que viví y que ya no están. Ahora son sólo recuerdos. Y eso que yo he vivido toda la vida aquí en La Laguna y he visto los cambios... pero, así es. Lo has descrito que parece que lo vives. Abrazos

El Tuno Negro dijo...

Te has olvidado de la TÍFANIS y del ZAFIRO... quizá aún no sean leyenda para ti pero ten por seguro que tarde o temprano lo serán...

Con Dios "Achantao"

Mari Carmen dijo...

Qué maravilla, qué repaso por todos esos lugares tan entrañables que has conocido, Javier :) Es cierto que entristece pensar en los buenos tiempos y en todos los sitios que nos hacían sentir bien. Los tiempos cambian, es verdad, y no siempre para bien. Espero volver a Soria, algún día, para recorrer el casco antiguo que a mi no me pareció destartalado, sino vacío, porque eran las tres de la tarde y no había nadie por sus calles. Y me gustó. Hay quien huye de la naturaleza, del campo, de las ciudades tranquilas, y prefieren el bullicio, los malos humos, el ruido, el estrés... Yo no lo soporto, por eso, pasear por una ciudad tranquila, por calles sin coches, es una bendición.

Un abrazo y gracias por ese paseo por tus recuerdos.

angela dijo...

Javier, muchas gracias por adentrarme en ese fantástico recorrido que he vivido a tu lado con tus recuerdos, con tus añoranzas entrañables y, te doy la razón antes un apretón de manos ya era el sello del notario... Me encantó pasear contigo por tu Soria tan limpia como cuidada.Un abrazo Angela

Cecilia Alameda Sol dijo...

En Madrid pocos bares con más de quince o veinte años pueden encontrarse en los barrios. Los que sobreviven se han transformado y modenizado. Han cambiado de camareros, de decorado, de ambientación.
Bueno, pero tenemos el café Comercial y el Gijón, que conservan la pátina del tiempo y la tradición.

Carlos dijo...

Amigo mio:
Me encanta como te aferras a los recuerdos, ellos son el tuetano de nuestra vida, el adn de nuestra existencia, núnca hay que olvidar, para lo bueno y para lo malo, todos ellos forman parte de nuestra veterania en la vida, de nuestro curtir día a día, lugares, amigos,familia...en fin, para mi es muy importante, el sentarse un día o el antes de de dormirse, repasar un poco, me encant recordar e incluso visualizar la cara de mi padre...no quiero que se olvide.

Un saludo amigos.