domingo, 7 de febrero de 2010

Ricardo


Vivía en una casa de la Barriada, zona denostada no hace demasiados años y hoy tan deseada por esos espacios, una casita con huerto o jardín no deja de ser un sueño para muchos. La casita la había heredado de sus padres. Siempre había vivido con ellos, los últimos años su madre fue la única que velaba por él.
Ricardo era una persona metódica, cada día hacía las mismas actividades y a la misma hora. No había nada ni nadie que rompiera con sus rutinas.
Ese odiado despertador zumbaba siempre a las ocho de la mañana y cual autómata se levantaba del catre. Siempre llegaba a la misma hora a la parada de ese autobús. Siempre veía, que no saludaba, a las mismas tres personas que como él se desplazaban hasta el Polígono Industrial a esa hora. En su trabajo a veces tenía que pensar un poco, aunque casi siempre consistía en lo mismo, que si cambiar el aceite a ese coche, que si revisar la cadena de distribución de ese otro que parece que provoca un ruido, que si las pastillas de freno de aquél. Más de lo mismo.
Odiaba los fines de semana. No era hombre ni de bares ni de fútbol, y por estos lares lo tienes mal. Las horas se hacían eternas delante de ese viejo televisor deseando que llegara el jodido lunes.
Pero ese lunes algo distinto sucedió. El despertador ya cansado de dar esa lata diaria dejó de sonar y Ricardo cuando quiso despertarse todo fueron prisas. Cuando llego a la parada del bus ya no vio a sus tres anónimas personas. Se sentía raro. Al subir al vehículo se sintió desplazado al no ver al señor del bigotazo blanco sentado enfrente suyo. Todo era distinto.
Levantó la cabeza y vio a una mujer más o menos de su edad, su semblante era triste. En una ocasión llegaron a cruzarse la mirada. Fue suficiente. Unas mariposas comenzaron a aletear por todo su interior y su corazón galopó.
En el taller ese día fue diferente, las horas se hicieron más cortas y al llegar a casa lo primero que hizo fue retrasar el despertador.

4 comentarios:

Isol dijo...

Que lindo relato,me mantuvo con interés de principio a fin,por lo visto era muy necesario que Ricardo cambie de rutina,se estaba perdiendo a alguien importante en su vida,los cambios son buenos aunque en un principio nos lleguemos a sentir raros en rutinas nuevas.
Me ha gustado leerte,te mando un abrazo,que tengas una buena semana.

angela dijo...

Un relato muy entrañable Javier, seguro que esa rutina anodina lo estaba volviendo a él también casi igual...Y ya ves, un cambio sin él quererlo hizo que su corazón se moviera más aprisa....Muchas veces el método te ata demasiado ... Lo importante es el cambio... Javier, que esta semana no te sea metódica y te sorprendan cosas agradables.Un abrazo.

Ligia dijo...

Bien por Ricardo. A veces un simple retraso en la rutina puede cambiar una vida. Abrazos

Quidquid dijo...

Hola Javier:
Una gran lección de cómo debe romperse la inercia, la rutina, la monotonía...Tendríamos que aprender de este caso y adaptarlo a todas nuestras acciones habituales.Son muchas las veces que nos dejamos llevar por comodidad incluso y deberíamos romper con estas normas.
Un cordial saludo,
Luis